Por Alfonso Javier Poti Nuñez

Hace justo un año, tal día como hoy, escribí estas líneas que quedaron en el cajón de los pensamientos, como otras muchas.
No soy dado a publicar lo que escribo, por rubor o por timidez, y porque quizás no interese a nadie.
Pero hoy me he decidido.

siete de abril de dos mil veinticinco

Como susurros al oído…
...delicados, … sencillos, inocentes…, brotados de un pequeño corazón que late ávido por conocer y de las entrañas afanosas por conformar la realidad descubierta a cada instante. Recuerdos de aquel niño tallados en su memoria, de sus primarias huellas, de lo aprendido para sus adentros de sucedidos trascendentales de otrora antaño.
Retratos anudados al viento, que penden hogaño novelados para lustros en hojas impresas. Rotundos, verdaderos y ciertos. Así nace:
“Cuaderno de San Lorenzo”
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Tertulia vespertina de un lunes de abril resuelta en la Semana de Pasión, que ahora discurre por mérito ancestral y unánime aclamación en la Ciudad Inasible y Etérea, porque escapa a la memoria y los recuerdos de las fechas, todas las primaveras son la primera primavera en la Ciudad Embrujada, bajan del celeste historias memorables, sobrevuelan y se marchan sin anidar, permaneciendo el anhelo de volverlas a encontrar. Y es, que la etrópoli se presenta nueva, desconocida y atractiva cada amanecer y como una mujer huidiza y cautivadora, te hechiza dejándose ver con su más intrigante hermosura y esquiva la mirada. Y cada anochecer, te acuna seduciéndote con los narcóticos y el perfume de una nueva epopeya.
Así son las estampas “del niño” en su niñez, sin pasado y sin futuro, solo aquel “hoy”, y al escribirlas, solo memoria y todo evocaciones. Arrumacos de un infante ocultados en su guarida callada y que ya vuelan cincelados en el cuaderno de un niño que se ha hecho un libro de mayor, como El Pequeño Príncipe de Saint-Exupéry.
Don Antonio García Barbeito y Don Francisco Gallardo Rodríguez, con sus letras y con su verbo, han generado un venero de ilusiones y sentimientos de lo mejor del cofre de la añoranza, sensaciones reminiscentes de cuando todo se descubre, de cuando lo más trivial es sorpresa. De aquello que ya será sagrado toda nuestra vida y para siempre.
Este cuaderno narra lo que “el niño” esponjó en su barrio nativo, pero es tan hondo lo que cuenta que trasciende a este espacio, pudiéndose desarrollar en cualquier parte. Gracias al cielo, para estos menesteres del espíritu no existe escritura de propiedad de ningún suelo. Porque los sentimientos no son de ninguna y de todas partes.
Poco a poco, como una serpentina sin fin, “el niño” va desgranando la existencia conformando su mundo interior, espiritual, afectivo y social. “El niño” va descubriendo el barrio, la plaza, la calle, el portón, el zaguán y la cancela. El patio claroscuro de aspidistras, su hogar y su alcoba. Adquiere conciencia y volatiliza su inocencia.
Estas estampas revelan como “el niño” va construyendo su individual y particular teosofía.
El hombre que hoy nos narra no puede volver atrás, a esos ancestros íntimos que surcaron los primeros años de su vida, salvo en su memoria, en sus recuerdos, en encuentros permanentes por los vericuetos del alma y con su literatura, con estos poemas dulces que componen las páginas de este cuaderno.
He oído y leído muchas veces que Paco Gallardo escribe prosa poética, y no estoy de acuerdo, pienso más bien que escribe poesía en prosa, porque siendo cierto que su narrativa suena muy poética y bella, no deja de tener un precioso, intenso y prolífico mensaje y éste, este sí es legítima poesía, que el narrador declama en versos sin rima, pero con mucha música. Y es justo decir que no se expresa en jitanjáforas llenas de sonoridad y hermosa estética, sino que su melodiosa literatura regala lírico contenido.
La memoria lejana de tan cercanos sentimientos, han, forjado a un hombre profundo, a un gran observador de la existencia, a un gran escribidor que sabe contarla, a un alquimista de las palabras. Alguien que ha descubierto la fórmula magistral destilando en palabras el azahar, el incienso, la canela y la naranja amarga.
Y es glorioso que, con este cuaderno entre las manos, uno vuelve a oler a leche hervida y nata, a café recién hecho, a pan tostado, a azafate con ropa planchada, a almidón y reflejos blancos, a añil, a cubo de zinc, a jabón verde, a aljofifa, a arroz con leche, a canela, a aceras baldeadas, a muros de conventos encalados, a alcanfor, a zotal, a botas de agua, a tierra mojada, al regazo de la madre, a lejía en las manos de la tata, lo añejo de la despensa. Y otra vez suenan siempre trinos de pájaros, las campanillas de los monaguillos con el olor mezclado de flores marchitas y nuevas, a incienso cuando rechinan y crujen abriéndose los portones de las iglesias. Y la penumbra y frondosidad de la alhucema en la copa de cisco. Y a plumier, a viruta de sacapuntas y cuaderno de papel nuevo.
¡Qué bonito cuenta Paco en este Cuaderno el alborear de una persona!
El autor (escritor) aflora su arqueología cuando rememora la visión desde los Templos del niño, fantasmas que nos acechan y surgen de las sombras y ángeles que nos mecen con sus nanas al vaivén de la cuna ensoñada.
Un lector de Paco entra en éxtasis como un aficionado en la plaza de toros de la Maestranza, que, en el abstracto silencio, oye chocar los palillos de las banderillas, el resoplar y mugir del toro, la voz del torero, las pezuñas clavarse en la tierra y las zapatillas acariciar el albero, el ondear del trapo y hasta el sonido de los vencejos que avisan al espíritu que se está cerca del cielo. Es la burbuja que el autor provoca en el lector y su reflejo brillante llama a la luz interior.
[Ya puestos, y por ser la semana que es…, quién cuando suena Tejera en el Coso del Arenal no ve torear las bambalinas del palio de su barrio…]
Con los libros y los relatos de este dichoso Paco, siempre me vuela la imaginación y los recuerdos y me veo reflejado en ellos.
Me transportan a esas horas interminables de LVG, Aponte número 1. A charlas existenciales con algún amigo, a noches oyendo música cuando te sabías de memoria las letras de las canciones, aunque fueran en inglés y no las entendieras (así y todo, hacíamos mucho ejercicio para leerlas en las carátulas de los discos y traducirlas). La fascinación por la generación Beat, por Woodstock, la Highway 66, la lectura de Hermann Hesse, Camus, los cantautores españoles, los escarceos con los movimientos políticos en la clandestinidad, Smash, Triana, Imán, Hilario Camacho… Esas idas a la pequeña tienda de fotografía de la calle Cuna, donde Rosa María Pinto vendía Lp de vinilo que no se encontraban en otros sitios y se podían encargar discos no editados en España, y ese tiempo de espera a que llegara tu disco, era como un éxtasis de felicidad lleno de fantasía, eran momentos casi religiosos y místicos, ilusión, paciencia, eran otros tiempos, no existía la inmediatez actual. Hemos cambiado la dulce espera con ilusión por la impronta falsa necesidad con ansiedad. Algunos dicen que éramos analógicos y ahora digitales camino de lo cuántico, parecido a una enfermedad mental, cuando antes lo cuántico solo era un desglose intelectual y metafísico un recorrido científico rozando lo espiritual. No creo que podamos definirnos como generación con un solo término o frase corta. Éramos los jovencitos del microbús, ese transporte urbano mas parecido a una furgoneta con asientos con la mitad de abajo color celeste y la de arriba color crema, y la parada para cogerlo era cualquier sitio del recorrido y solo tenías que avisar con el brazo al conductor, y para bajarte; “cuando usted pueda, por favor”. Éramos mas compactos como individuos y menos deteriorados humanamente, me parece…
Aquí lo dejo, si no voy a olvidar al “niño” y hablar del hombre, eso será otro día.
“Gracias Maestros”