Antonio Rendón . Cada 15 de septiembre, la Iglesia celebra la festividad de Nuestra Señora de los Dolores, una jornada de profunda significación mariana que, en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, adquiere una especial dimensión espiritual, histórica y artística. Situada inmediatamente después de la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz, esta festividad pone de manifiesto el estrecho vínculo existente entre la Pasión de Cristo y los dolores padecidos por su Madre al acompañarlo hasta el Calvario.

La tradición litúrgica invita así a contemplar a María al pie de la Cruz, partícipe del sufrimiento de su Hijo y figura maternal que permanece junto a Él en el momento culminante de la Redención. La memoria de sus Dolores constituye, por tanto, una llamada a profundizar en el misterio de la Pasión de Jesucristo y en la dimensión redentora del sufrimiento asumido con fe y esperanza.

En el interior de la Catedral hispalense se encuentra la Capilla de los Dolores, espacio sagrado que toma su denominación de la advocación mariana que en ella recibe culto. Con motivo de esta festividad, la capilla adquiere una especial solemnidad y se dispone para acoger a los fieles que, durante estas jornadas, se acercan a contemplar y venerar a la Virgen de los Dolores.

En el banco de su retablo barroco se venera la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, una talla de notable interés artístico y devocional, tradicionalmente atribuida al insigne escultor Pedro de Mena, hacia finales del siglo XVII, en torno a 1680. Protegida en el interior de una hornacina, la imagen constituye una expresión particularmente elocuente de la sensibilidad de la escultura barroca española ante el dolor de María.

Su serena expresión y delicada factura invitan a una contemplación pausada del misterio de una Madre que permanece junto a sus hijos en las circunstancias más difíciles. En esta representación de la Dolorosa, la tradición cristiana encuentra una imagen de la maternidad entendida como presencia, acompañamiento y entrega, especialmente ante el sufrimiento.

La contemplación de esta histórica imagen ofrece a los fieles una ocasión privilegiada para acercarse espiritualmente a María en sus momentos de mayor aflicción y meditar sobre su participación en el misterio de la Pasión. La devoción a Nuestra Señora de los Dolores conduce, de este modo, hacia una comprensión más profunda del sacrificio de Cristo y de su entrega redentora, al tiempo que invita a reconocer en María un modelo de fidelidad, fortaleza y esperanza.

La riqueza de esta capilla no se limita, sin embargo, a la presencia de la Dolorosa. El conjunto posee también un destacado valor histórico y artístico. Su espacio está presidido por un Cristo Crucificado de finales del siglo XVI, recientemente restaurado y atribuido al escultor Juan Bautista Vázquez el Viejo, cuya presencia refuerza de manera especialmente significativa la relación iconográfica entre la Madre Dolorosa y Cristo en la Cruz.

A este patrimonio se suma, en uno de los muros laterales de la capilla, el sepulcro de mármol del cardenal Marcelo Spínola, obra del escultor Joaquín Bilbao, que incorpora al conjunto una relevante dimensión histórica y funeraria vinculada a una de las figuras eclesiásticas más destacadas de la Sevilla de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

La Capilla de los Dolores se presenta así como un espacio donde convergen fe, historia y arte sacro, ofreciendo al visitante y al fiel una oportunidad privilegiada para aproximarse a una de las advocaciones marianas de mayor profundidad espiritual. Cada 15 de septiembre, la Catedral de Sevilla vuelve a situar en el centro de su vida litúrgica la contemplación de María al pie de la Cruz, memoria viva de un dolor transformado por la fe y la esperanza en testimonio de amor y entrega.