Antonio Rendón . Texto, Carlos Valera Real . El llamado “lunes del pescaíto” marca, en Sevilla, un umbral simbólico. La ciudad, que durante meses ha preparado con meticulosa discreción su fiesta mayor, aguarda el instante en que el Real de la Feria se cubre de luz. No se trata de un encendido ordinario, sino del Alumbrao, un rito cívico que inaugura un tiempo excepcional: una semana en la que la vida urbana se intensifica y adquiere una dimensión celebrativa singular.

Lejos de la simplificación del gesto visible ,un botón que todo lo enciende,, el Alumbrao es el resultado de un complejo dispositivo técnico y humano. Equipos especializados, coordinados mediante sistemas de comunicación, ejecutan con precisión la secuencia que activa, de forma progresiva, cada tramo del recinto. La aparente inmediatez es, en realidad, la culminación de un trabajo experto que conjuga tradición, planificación y conocimiento técnico. En Sevilla, la luz no es azar: es cultura material y saber hacer.

Historia de la iluminación en la Feria de Sevilla

La evolución del alumbrado en la Feria refleja, con nitidez, la modernización de la ciudad. En 1847, en el Prado de San Sebastián, la iluminación dependía aún de lámparas de petróleo, de alcance limitado. En 1866 se introdujo el gas, que supuso un avance funcional, aunque no exento de riesgos, especialmente tras la incorporación de los farolillos de papel en 1877. La llegada de la electricidad, a partir de 1874, transformó de manera decisiva el paisaje nocturno, y en 1883 el tendido eléctrico se extendió ya por todo el recinto ferial.

En la actualidad, el sistema de alumbrado constituye una infraestructura de gran escala: más de 280.000 puntos de luz —de los cuales cerca de 28.000 se concentran en la portada, configuran una escenografía luminosa de alto impacto visual. La progresiva implantación de tecnología LED ha permitido optimizar el consumo energético y reducir las emisiones, sin menoscabo de la intensidad estética y emocional que caracteriza a la celebración.

La portada: arquitectura efímera de alto valor simbólico

Elemento central del conjunto, la portada trasciende su función de acceso para erigirse en emblema identitario. Su diseño, renovado anualmente, establece un diálogo entre la memoria histórica y la creatividad contemporánea. La actual, proyectada por el arquitecto Davide Gambini, se inspira en el Pabellón de Portugal de la Exposición Iberoamericana de 1929 e incorpora referencias al cenador atribuido a Carlos V en el Real Alcázar, además de conmemorar hitos recientes de la vida cultural y social de la ciudad.

Esta estructura, que concentra aproximadamente el diez por ciento del alumbrado total, se levanta mediante sistemas constructivos avanzados que permiten su montaje en plazos reducidos. Su naturaleza efímera ,será desmontada semanas después de la clausura, refuerza su carácter simbólico: una arquitectura destinada a existir en el tiempo breve de la fiesta, intensificando su valor patrimonial y emocional.

La noche del pescaíto

La secuencia ritual del Alumbrao se inicia con una práctica social arraigada: la cena del pescaíto frito en las casetas. Familias y grupos de amigos se reúnen en un ambiente de convivencia que combina tradición gastronómica y preparación festiva. Mientras se ultiman los detalles decorativos, el recinto se llena de expectación.

A medianoche, el silencio expectante se transforma en un murmullo colectivo. De forma sincronizada, el sistema de alumbrado se activa y el Real se ilumina en su totalidad. La portada adquiere protagonismo, las calles ,nombradas en honor a figuras históricas del toreo, se delinean con farolillos, y el albero refleja la luz con una tonalidad cálida característica. El conjunto produce una experiencia estética que combina orden, intensidad y emoción compartida.

Conclusión: la luz como principio de comunidad

El Alumbrao no es únicamente el encendido de un recinto ferial; constituye un acto fundacional que inaugura un espacio de sociabilidad intensiva. Durante siete días, el Real se configura como una ciudad efímera de gran escala, con más de mil casetas y una afluencia masiva de visitantes, donde la luz articula el encuentro, la música y el baile.

La clausura, marcada por los fuegos artificiales sobre el Guadalquivir, no implica la desaparición de esa luz, sino su repliegue hasta la siguiente edición. En este sentido, el Alumbrao forma parte de un ciclo ritual que define la identidad festiva de Sevilla: una manifestación en la que técnica, historia y emoción colectiva convergen para celebrar la vida urbana en su máxima expresión.


Soneto al Alumbrao

La noche del pescaíto aún no ha muerto,
Sevilla aguarda el pulso de la una,
cuando en el Real la luz se hace oportuna
y el albero se vuelve un espejo abierto.

De pronto, un gesto ,exacto, no incierto,
desata un mar de farolillos: luna
que estalla en cada calle y en cada cuna
de casetas, sin sueño ni desierto.

La portada, cual novia de oropel,
se cubre de diamantes y destellos,
y el cielo baja al rango de cartel.

Así la fiesta anuda sus anhelos:
palmas, vino y compás en un tropel
que alumbra el sur con miles de amarillos.