Destilan las declaraciones de Jordi Román, redactor de El Mundo Deportivo, un tono pesimista del que cabría afirmar que no ni es excesivo ni insuficiente, sino sencillamente apropiado y coherente con el ejercicio de una profesión a la que le ocurre lo mismo que al código de circulación, que la teoría muy pocas veces se pone en práctica. Como muchas de las normas de tráfico quedan en papel mojado, las ilusiones sobre las excelencias de este oficio se diluyen una vez que se comprueba que en él impera poco menos que una apología de la rutina.

Esgrimía Román al comienzo de su exposición que fue la irrupción hace unos quince años de las televisiones autonómicas el fenómeno que liquidó al baloncesto. Es cierto. La maniobra no pudo ser más funesta para el deporte de la canasta pero tampoco más rentable para unos medios de comunicación que incomprensiblemente siguen dependiendo de la audiencia pese a tratarse, a priori, de empresas públicas y no de sociedades anónimas. Si el negocio estaba montado así es una obviedad que cualquiera hubiera apostado por lo mismo. ¿La pasión o la ruina? Tal vez no quede otra que adoptar un discurso maniqueo en una sociedad que fluctúa con tremenda facilidad entre lo bueno y lo malo, la gloria o el infierno. A falta de un romanticismo que ya sólo pervive en los graderíos hay que enarbolar la bandera del pragmatismo. Era una cuestión de elección y los entes autonómicos se decantaron por el fútbol.

Sin abandonar este tema reflexionó Román sobre la parcialidad de las retransmisiones futbolísticas, modelo que según el periodista catalán es inviable para el baloncesto. Su opinión contrasta, empero, con una realidad que preconiza y antepone los intereses y gustos de los espectadores, fomentando de tal manera una cultura localista o como mucho autonómica con las honrosas excepciones, claro está, de los partidos de Liga que ofrece Televisión Española.

Abundó Román, por otra parte, en una realidad inapelable: la cultura futbolística del país afecta de lleno a quienes dirigen los medios de comunicación, pues recurren al potencial de mercado que les proporciona el balompié con el objetivo de reducir la incertidumbre y aumentar las ventas. Como resultado el baloncesto queda relegado al ostracismo y en el mejor de los casos a un segundo plano si fenómenos que más tienen que ver con modas efímeras o coyunturales que con otras cuestiones —véase la Fórmula 1— no lo atropellan por el camino.

De todo ello se extrae una conclusión: hay que cambiar el modelo de información. ¿Qué hacer entonces? ¿Abogar por un periodismo basado en la opinión? Pruébenlo y posiblemente acaben con el oficio antes de tiempo. ¿Quién está más capacitado para juzgar y analizar la actuación de un determinado jugador en un determinado partido? Posiblemente atine en la diana más veces aquél que consumió parte de su vida lanzando a canasta que quien simplemente lo observó como espectador y cronista. Distinto es que quien lo ejerció no esté capacitado para comunicar, una traba no muy difícil de superar ya que, como no hace falta recordar, la libertad literaria en el género de opinión es mayor. Basta con no utilizar la primera persona y poquito más. Además, ¿qué porcentaje de lectores compra un determinado periódico parar leer a tal o cual periodista por la calidad de su pluma o argumentación y no por un mero ejercicio de autoconvencimiento en sus principios? Pues eso.